El oasis... (Capadocia, Turquía)

jueves, 31 de enero de 2008

Una historia de Kenya (y I)

Hace apenas dos décadas, un blanco en tierras africanas era de inmediato centro de todas las miradas. Revestidos por los aún candentes vestigios de la independencia colonial, los autóctonos, provistos de la superioridad moral de las víctimas, atisbaban al dominador blanco en cualquier apariencia occidental que irrumpiese en las cálidas y húmedas tierras del trópico subsahariano.

Sofía se creyó por un momento en medio de África. Intentando lograr el acercamiento, devolvió con el gris de sus ojos el contacto iniciado por los dos hombres. Había violado su espacio al escuchar la conversación sin ser invitada. Ahora debía lograr que hiciesen de la intrusa una huésped.
"¿De qué etnia sois?" preguntó decidida.
"Yo, luo", respondió el que había hablado por última vez. Al girarse, los vaqueros gastados y el jersey granate que vestía quedaron en total frontalidad ante ella. La línea de sus ojos se mantenían hacia los de la joven y sus manos se entretenían quebrando un pequeño palo de madera, que sostenía a altura del ángulo que formaban las dos piernas entreabiertas.
"Yo, Kiyuyu", replicó el otro hombre, de idénticos rasgos físicos. No había diferencia alguna entre sus apariencias.

Sofía sonrió. Había sido aceptada.
"Pero... sois amigos". Las noticias sobre los enfrentamientos entre kiyuyus y luos que estaban desangrando Kenia desde las elecciones del 27 de diciembre le habían hecho imaginarse a las dos tribus como enemigos irrenconciliables. En los comicios, el actual presidente Mwai Kibaki, que gobernaba el país desde 2001, se había proclamado vencedor entre sospechas de fraude sostenidas por organismos internacionales. Raila Odinga, un luo que lideraba el partido de la oposición, el Orange Democratic Movement (ODM), rechazó fervientemente el resultado. Sus seguidores de la comunidad luo (y muchos de la etnia Kalenjin), iracundos y desesperados tras ver sus esperanzas de victoria aplastadas, se lanzaron a las calles.

Desde entonces, el país vertía sus entrañas: la policía gubernamental había prohibido y reprimía con violencia cualquier manifestación pacífica; los kiyuyus (etnia del presidente Kibaki) se habían convertido en el objeto de la impotencia, la ira y la desesperación de los luos y cientos de ellos habían sido perseguidos y asesinados. En un círculo vicioso de violencia vengativa, kiyuyus, luos y kalenjin se perseguían y se asesinaban mutuamente (la prensa anglosajona lo denomina muy gráficamente tit for tat) y ninguna mediación internacional (la que había intentado el presidente de la Unión Africana, John Kufour, y la que estaba peleando ahora el ex secretario de Naciones Unidas, Kofi Annan) habían logrado por el momento detener la sangría del país, que se había cobrado ya cerca de 900 vidas.

Los dos hombres cruzaron amargas miradas. "Abei y yo hemos sido buenos vecinos - Batwa, el joven luo, empezó a escupir palabras; parecía con ganas de hablar - Nos conocimos hace tres años en un barrio de Nairobi, la capital, cuando yo llegué con mi mujer y mis dos hijas para ganar algo de pan", un halo agrio envolvió su voz al mencionar a su familia. Dirigió una mirada gélida a ninguna parte: "Enseguida vi la diferencia entre las calles de Nairobi y las de mi barrio, Kisumu, al oeste del país. La capital, mimada por el presidente Kibaki, reunía para los kiyuyus que allí se enriquecían las mejores condiciones. Los caminos limpios, tenían agua potable, baños, bares.... Nada que ver con la casucha de palos y paja en la que vivían todos los de mi familia"

Al decir "familia", Batwa se refería a los que compartían la etnia Luo. En África, los vínculos étnicos unen a sus miembros con una fuerza que nada es capaz de derribar. Por eso, las diferencias que habían permanecido latentes durante los gobiernos colonialistas, opresores con todas las etnias por igual (con más o menosnla misma intensidad) resurgieron tras la independencia de estos países. Pertener a la misma etnia que el gobernante de turno suponía un privilegio y una gran desventaja si no era el caso.

En Kenia, dos etnias habían oscilado en el poder desde su independencia en 1963 : los kuyuyu con el primer presidente del país, Jomo Kenyatta (que luchó contra los británicos enmarcado en la guerrilla Mau Mau) y con el actual gobernante Kibaki; y los kalenjin con el segundo presidente, Daniel Arap Moi (sucesor del primer líder tras su muerte). En las últimas elecciones, los luo habían visto por fin sus esperanzas de situarse en el poder casi cumplidas. Los primeros recuentos de votos daban la victoria indiscutible a su líder Raila Odinga. Sin embargo, el resultado final expulsó repentinamente el nombre de Kibaki, algo en lo que muchos organismos nacionales e internacionales ven un indicio de fraude.

"Ahora los luos persiguen a nuestras mujeres y niños - Abei pareció por fin animarse a contar su visión de la historia - Sin embargo, cuando llegaste a Nairobi yo te recibí y te ayudé como si fueras un primo más"

Y era cierto. Casi milagrosamente, las ochenta etnias que cohabitaban en aquel territorio que las potencias occidentales habían decidido agrupar bajo el nombre de "Kenia", se toleraban mal que bien y compartían espacios, alimento y agua. Ahora, en cambio, los rencores históricos parecían dominar el país llevándolo al borde de una guerra civil multipartidista sin precedentes en la región...

-Comisión Electoral de Kenia. (resultados elecciones 27 diciembre)
- Página web Mwai Kibaki.
- Página web Raila Odinga.
- Imágenes extraídas de BBC.co.uk

jueves, 17 de enero de 2008

El saludo y los keniatas (EL COMIENZO II)

Mientras se comía a lametones un helado de nata y nueces (lo sorbía como si fuera el primero y el último, recorriendo con la lengua la galleta y recogiendo las gotas distraídas que prendían del cono humedecido y endeble) Sofía recordaba cómo la gente en África vivía de veras hacia el exterior. Cocinaban, lavaban, reían y conversaban (más bien gritaban) en la calle, compartiendo espacio, calor, sudor y olores.

"Eso sí que era convivir"
, pensaba al tiempo que dirigía dos ojos como platos hacia la niña que, a su lado, reía por lo bajini mientras tiraba de la manga de su padre con una mano y señalaba hacia ella con la otra. Sofía limpió con la suya el churrete de nata que se le derramaba por la boca. "Ni guarrearme tranquila puedo" y de un rabioso mordisco engulló el resto de barquillo que había sobrevivido a la batalla. "El bullicio puebla las calles por igual. En estas, incluso hay más ruido. Pero aquí, aunque la persona se deje ver en compañía, parece como si cada una estuviera metida en su mundo privado, donde el otro nunca llega a acceder del todo."

Y, ciertamente, si uno levanta por un segundo la vista de sus propios pies (ya conocemos el sencillo manejo del caminar; nos sabemos capaces de hacerlo sin mantener la vista en ello) podrá observar a su alrededor multitud de cabezas sumergidas en sus respectivos andares.
"Hablamos, reímos e incluso aguantamos los alardes de inspiración poética de los andamios que coronan el asfalto. Ahora, salte de los límites de lo 'normal' y en seguida una mirada acusatoria te recordará cuál es tu sitio", y se acordó de la impertinente niña y del exquisito helado de nata con nueces.

Un sonido familiar la sacó de sus pensamientos. Alzando la vista descubrió, a pocos metros suya, dos hombres de apariencia africana sumergidos en una estruendosa aura de risas, gritos y palmadas mutuas en la espalda. Según contó Kapuscinski en su libro "Ébano", los africanos se saludan inexcusablemente siguiendo esta especie de rito: un fuerte apretón de manos se prolonga mientras los recién encontrados se preguntan, a voz de grito, sobre sus respectivas familias (las familias en África son muy numerosas)

"La costumbre - dice el periodista - obliga a sellar cada respuesta positiva con sucesivas cascadas de risa fuerte y espontánea, que, a su vez, deben provocar otras cascadas, todavía más sonoras y homéricas, en la persona que pregunta [...] Cuando la risa se desvanece, eso quiere decir que el acto de saludarse ha concluido, y entonces ya se puede pasar al meollo de la cuestión".

Y el meollo de la cuestión puede ser tan serio como el que atañía a los dos amigos. En medio de un inglés afilado y abrupto, Sofía pudo cazar algunas palabras que le indicaron que aquellos hombres hablaban sobre la crisis que padecía su país: Kenya.

- Ya van casi setecientos muertos- oyó que decía con tono agrio uno de ellos - Y mientras Odinga no dé otras órdenes, los tuyos van a seguir asesinando a nuestras familias.

- Siempre has sido un buen vecino, Abei -
las palabras de esa respuesta oscilaban entre la dureza y la piedad - pero sabes que no se ha hecho justicia. Odinga es el verdadero ganador y Kibaki tiene que aceptar la derrota. ¡Se acabó el tiempo de supremacía de los Kikuyu, es hora de los Luo!

Sin apreciarlo, Sofía se había ido acercando conforme escuchaba la conversación. De repente, uno de los hombres reparó en ella y le clavó su mirada blanca y negra, interrogante:

"Niña, ¿qué quieres?"

(Imagen extraída de la web de la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas)

miércoles, 2 de enero de 2008

La resaca de Sofía... y EL COMIENZO (I)















Hacía rato que se había abandonado al hechizo. La música de Mbria, Djembe y Laud la acunaban mientras flotaba (o al menos ella lo sentía así) por el mar de plomizo azabache apenas acariciado por el fuego de las antorchas que alumbraban los pasteles y cigarrillos expuestos en las dukas. Dejó que la tierra ferviente del Serengeti penetrara en su cuerpo y le inculcara el valor ebrio necesario para enfrentarse a los ojos Naggar. El sereno e imponente delegado de mirada distante que había conocido aquella mañana se había transformado ahora en un imán de fuego y azabache que la arrastraban entre los bum bum del Djembe, los bum bum bum...

Tuvo que sacudir varias veces la cabeza para intentar sacarse el bum bum martilleante que entraba por la ventana. El polvo amarillento enardecía el agresivo brillo del sol enlatado por cristales y asfalto. Acompañada por ese martillo en las sienes, realizó (con la cautela que dictaban los tekilas acoplados en su cabeza) una mirada a su alrededor para descubrirse lejos de la sabana africana. Se le presentaba, en cambio, un paisaje mucho más urbanita, aunque no menos salvaje: prendas de ropa, restos de cigarros, vasos a medio llenar y... ¿la cachimba, cuándo había sacado ella la cachimba? dibujaban en la habitación las huellas de una estampida de búfalos.

Al momento supo que no había pasado aquella noche con Naggar. En su lugar, el chico del que apenas recordaba el rostro (mucho menos el nombre) se había marchado. "Al menos, podría haber tenido la decencia de recoger un poco. Luego los incivilizados son otros..." Sintió que el aire la asfixiaba y salió de allí.

Ciertamente, desde que había regresado a casa no podía desprenderse de esa incómoda sensación de soledad. Los reencuentros con viejos amigos, las incesantes fiestas de bullicio y risas y las aventuras de asfalto con que desde entonces había rellenado sus días no podían, sin embargo, quitarle la impresión de que, en medio del tumulto, cada persona estaba realmente separada de los otros por un cristal infinito. Echaba en falta el calor familiar, felizmente abrumador, de la comunidad africana.

Las risas ahora se le antojaban menos profundas, las voces más tibias, de gélida neutralidad, e incluso los besos (que había catado al abrigo de noches impalpables y rostros difuminados) le sabían a colorante artificial.

"Apenas has regresado. - se decía Sofía con estoica paciencia - Diste una oportunidad a una tierra y un pueblo que te eran hostiles. Dale la misma al que siempre estuvo aquí".

Una sonrisa amiga desde el otro lado de la calle le ratificó que sólo tendría que familiarizarse nuevamente con aquello, y se dirigió hacia ella. Esperó impaciente a que el semáforo se pusiera en verde (en África le habían enseñado que la espera era un oxímoron) y, caminando entre ceños fruncidos de cuatro ruedas y cláxones iracundos, se plantó al encuentro de su vuelta a casa.